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PERDONAR ES VIVIR

Hay cargas que solo se sueltan con el perdón

Al terminar de dictar una conferencia que se enfocó en despertar interés sobre la importancia de la felicidad como el motor de la vida de cualquier ser humano, aparté un tiempo para compartir con un pequeño grupo de participantes que habían asistido a mi presentación. En plena tertulia, una mujer, que había permanecido callada todo el tiempo, retoma el tema de la conferencia y me dice:
– Carlos Saúl, eso que tú dices suena muy bonito, pero en la práctica no es tan fácil,
-¿A que te refieres?
-Eso de liberarse de las cargas, de perdonar, de ver el lado positivo a todo…eso no es tan fácil, ni que uno fuera de hierro… Hay gente que nos ha herido de forma muy cruel…o nos hemos tenido que enfrentar a situaciones que, verdaderamente, no se ve por ninguna parte que tengan algo positivo…
Después de escuchar con atención, pensaba en lo que cuesta que la gente modifique un pensamiento. Esta persona que tenía en frente, podía quizás presenciar mil veces mi conferencia, leer mis libros, ver todas las películas con temas aleccionadores, asistir a centenares de prédicas y probablemente no cambiaría, pues el cambio deriva de una profunda fuerza de voluntad personal.
Le dije:
-Yo sé que hay gente que ha sido muy cruel y dura con nosotros, nunca he dicho que eso no ocurra; sin embargo, la decisión de perdonar y la autodeterminación no tiene nada que ver con el daño que nos han causado. Probablemente, mientras más dura o cruel haya sido la situación, el peso que cargamos será mayor y entonces el perdón será algo más urgente.
Ella me interrumpió:
-Pero eso es difícil…
-Nunca he dicho que sea fácil, solo insisto que es nutritivo para el alma, liberador para el espíritu y una experiencia que ayudará a que nuestro cuerpo esté protegido de enfermedades derivadas de esas cargas tan negativas.
-¿Pero qué puedo hacer si me han herido tanto?
Yo le dije una vez más
-Perdonar.

Aprender a perdonar

Estoy convencido de que dar ese paso es liberador, zafarse de aquello que nos hace la vida más pesada no es fácil. Mi propia experiencia así me lo ha enseñado.
Aprender a perdonar fue un proceso que para mí resultó cuesta arriba, pero al final lo logré.
Durante mucho tiempo mantuve sentimientos de rencor y odio contra personas que considera que me habían causado daño. Los recuerdos me conectaban emocionalmente con situaciones remotas que reaparecían dentro de mí como si el tiempo no hubiese pasado. Muchas heridas abiertas que me producían dolor. Pasaron años para que me pudiera dar cuenta de lo importante que es perdonar para el ser humano.
El perdón resultó para mí una fórmula que alivió de manera inmediata la culpa, disminuyó la carga que representa el resentimiento o el odio, y me preparó aún más para desarrollar relaciones altamente positivas.

¿Por qué si el perdón es tan sanador, no damos ese paso?

En mi caso, aun con mi formación como psicólogo, tenía unas ideas erradas sobre este proceso.
Hasta donde puedo recordar, siempre había considerado el perdón como una buena teoría.
Yo pensaba que solo las almas espirituales muy avanzadas podrían perdonar, porque se necesita mucha bondad y misericordia para perdonar a quienes nos causado heridas muy graves.
Siempre tuve la idea de que había -quizás- que disculparse por ciertas ofensas, pero el acto de pedir perdón me resultaba demasiado exigente y que alguien me pidiera perdón -pensaba a veces- era un gesto poco sincero, y si lo consideraba sincero, no creía que fuera yo la persona con el nivel para asumir el puesto de perdonador o lavador de culpas.
Otra idea que tenía sobre el perdón, era que esto no borra lo ocurrido ni elimina los recuerdos. Lo que nos han hecho, jamás se olvida, era mi pensamiento y así me mantenía firme para no dar ese paso. Simplemente, para mí, no tenía sentido pedir perdón.

Un cambio inesperado

En cierta ocasión asistí a una conferencia del pastor argentino Juan Carlos Ortiz en la que predicaba acerca del perdón y este pastor propuso a la audiencia que recordáramos a algunas personas que nos hubiesen lastimado. Sus asistentes repartieron unas libretas a cada persona y él nos dijo:
-Quiero que hagan una lista, lo más extensa posible, de aquellas personas que los han ofendido, de palabra o de acción, ya sean grandes o pequeñas ofensas.
Yo con una actitud escéptica me puse a pensar en las personas, y escribí mi lista en la libreta que nos entregaron para el ejercicio.
Luego este conferencista nos hizo dos preguntas.

-¿Qué ganamos con el rencor, odio o resentimiento guardado hacia cada persona que teníamos en la lista?

Yo seguí mi ejercicio al pie de la letra y la verdad es que no encontraba ninguna ganancia.´

La segunda pregunta fue definitiva:

¿Encuentran algún sentido o razón para seguir con esos resentimientos, con esa carga enfermiza que les resta felicidad y paz?

Debo reconocer que en un principio sentí rabia cuando recordaba a algunas de esas personas.
En el instante cuando yo me estaba conectando con la rabia, y mi cuerpo se ponía más rígido y sentía el corazón más agitado, Juan Carlos Ortiz (el predicador), tomó la palabra y exclamó:
-Quizás algunos de ustedes sienten en este momento rabia, recuerdan lo mal que se sintieron y su cuerpo empezó a experimentar lo negativo que hay en esos recuerdos, lo pesado del odio, el malestar que generan las situaciones negativas que cargamos, causándonos daño día a día.
Tomar conciencia de eso que estaba ocurriendo, representó un paso importante para lo que después sucedería.
Este señor que estaba dirigiendo la conferencia preguntó a viva voz.
-Levanten la mano quienes pusieron en la lista su propio nombre.
Nadie levantó la mano.
Todos nos habíamos dirigido hacia lo externo, buscando a quienes nos habían herido desde afuera, pero no nos veíamos a nosotros como nuestros propios agresores y, por lo tanto, quizás la persona más importante que perdonar.
Esto para mí fue revelador. Nunca, de verdad, me había visto a mí mismo como mi ofensor.
Luego de un momento reflexivo, el conferencista retomó la palabra.
-Eso que ustedes sienten es una carga pesada, que les está lastimando por dentro y cada vez los está acercando más hacia la enfermedad. Ustedes sufren por algo que ocurrió en el pasado, ya sea que esa persona esté presente o ausente. Muchos de ustedes tienen un peso que les está restando vida. Dejar esa carga es una decisión que le corresponde a cada uno tomar, pues cada uno es responsable de su propia liberación para alcanzar la felicidad plena.
Hay algo más que debo decirles: existe una agresión que proviene de nosotros mismos.
Tenemos auto heridas, auto ofensas, auto castigos, nosotros mismos nos hemos sometido, a veces por años, a situaciones de estrés y sufrimiento. Pero nos cuesta vernos como nuestros propios agresores.
El resentimiento que han guardado por años, el estrés innecesario, las cargas del odio absurdo, les han impedido el disfrute pleno de la vida. Entonces comiencen hoy por perdonarse a ustedes mismos y libérense de esa culpa personal tan inmerecida y destructiva.
Para finalizar nos hizo una cuarta pregunta.

-Están ustedes dispuestos a renunciar a la enfermedad y a ese sufrimiento derivado del rencor, del odio o del resentimiento hacia ustedes mismos, y hacia otras personas que están en esa lista, y dar un paso hacia un camino despojado de recuerdos emocionales que les hacen tan pesado y lento el transitar por esta vida?

Cerró diciendo “La respuesta está en sus manos”

Las experiencias te enseñan

Para mí, ese encuentro representó un gran aprendizaje. Me tomé en serio el tema del perdón, me dejé llevar por la reflexión final que hizo el conferencista sobre el acto liberador de perdonar.
Decidí en ese momento devolver el equilibrio esencial a mi cuerpo, a mi mente y a mi espíritu, promover acciones que cambiaran mis pensamientos malsanos y abrirme a la reconciliación conmigo mismo y con los demás, para lograr un estado de paz que me alejara de la enfermedad de mi cuerpo y de mi mente.

El perdón requiere valor y tiempo

Reconozco como persona, como psicólogo, coach y mentor de muchos, que el perdón no es una varita mágica. Es un proceso que requiere valor y tiempo, puesto que hay algunas cosas que son más difíciles de perdonar que otras, e igualmente puede resultar más fácil perdonar a unas personas que a otras. Pero debemos tener claro que perdonar es ganancia física, mental, moral y espiritual.

Hay mil maneras de pedir perdón…usa alguna de ellas y libérate de esa carga absurda.

Libro: “La Vida es una Sola”

Autor: Carlos Saúl Rodriguez

 

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