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NACIMOS PARA GANAR

Siempre he pensado que todas las personas nacen para ganar. Haber nacido es la primera oportunidad que la vida nos ofrece. A pesar de considerar válida y cierta esta idea, me produce mucho desconcierto ver a mi rededor gente que se siente fracasada, que piensa que no ha podido llegar más lejos porque cree que la vida ha sido injusta. Desde esta perspectiva, pareciera que algunos por suerte nacimos y crecimos del lado de los ganadores y otros corrieron con una suerte distinta. Cuando las personas comienzan a pensar que el paso accidentado de su vida se debe únicamente a una mala jugada del destino, se separan de la realidad y no pueden hacerse responsables por lo que han hecho o dejado de hacer.

En una  oportunidad me encontraba dirigiendo un taller orientado a revisar el proyecto de mejora personal de los asistentes, y cuando dialogábamos sobre lo que los participantes creían acerca de su futuro escuché a un hombre de 37 años de edad que en la sesión exclamó sin titubear: “Mi proyecto personal no existe porque todo en mi vida está ya predeterminado, todo mi pasado ha sido un caos y yo pienso que así será el resto de mi vida…” Me pareció trágico que él se alimentara de ese tipo de pensamiento, esas creencias son como el cigarrillo: nocivas para la salud.

El cambio comienza con la actitud que asume cada uno frente a la situación particular en la que se encuentra inmerso. No hay cambio de vida sin experimentar el cambio en la actitud, y no hay cambio en la actitud sin que se produzca una reprogramación de nuestros pensamientos; no quiero decir con esto que el cambio ocurrirá de forma automática, pues este es un proceso complejo. Sin embargo, basado en la experiencia de muchas personas, a quienes he acompañado en mi condición de coach, puedo decir que el éxito ha sido en todos los casos asistido por una fuerte convicción personal, una creencia firme en que las metas propuestas se van a conseguir. Esta idea sostenida a pesar de las circunstancias, explica por qué muchas personas no desfallecen frente a los obstáculos o derrotas temporales. Quizás la debilidad del hombre radica principalmente en la poca consistencia de sus creencias, pues como decía Marco Aurelio “la vida es obra del pensamiento”.

La fascinante empresa del mejor vivir es propiedad de cada uno. Cuando una persona se hace consciente de su ilimitada capacidad y la utiliza para el bien personal, la vida cambia de manera radical. Recuerdo el día que descubrí mi potencial interior, mis talentos y me dije a mi mismo: “Yo nací para esto”. Y emprendí un viaje hacia la prosperidad, con la seguridad de llegar al lugar donde quería llegar. Cuando las personas se reconocen capaces y con valor, comienza la reflexión más seria acerca de sus vidas. Convertirse en un ganador comienza por pensar como ganador. Las personas con actitud ganadora son las primeras convencidas de que en sus manos está su propio destino.

Eso que faltaba

Para mí, vivir en el barrio representaba un reto, la lucha por sobrevivir. Había que superar los miedos. Darle sentido a todo, descubrir las oportunidades ocultas, aquellas que nos conducirían hacia la verdadera prosperidad. Mi mamá sostenía la idea firme de que la prosperidad estaba en la mente de nosotros, en una idea, en la pasión por conseguirla y en el trabajo constante. Es lo que ahora  conocemos como actitud.  Cuando yo era adolescente, recuerdo escuchar a mi mamá que decía:

–Las cosas mijo, se consiguen haciéndolas con fe, pero no pura fe: a Dios rogando y con el mazo dando.

A diario, en el barrio era fácil sintonizar con el pesimismo. La gente vivía en una especie de resignación o estado de conformismo. Culpaban al gobierno por su situación y cuando no era el gobierno, el culpable era el destino o la mala suerte. Era común escuchar a la gente decir: “Aquí nacimos y aquí morimos, no hay nada que hacer”. Me resultaba inadmisible, cuando alguien se daba cuenta de que yo iba a la universidad y me decía: “Qué va, chamo, el estudio se hizo para los ricos. Tarde o temprano te darás cuenta…” Ese mensaje era repetitivo, estaba en todas las voces. Así hablaban Chicho, Higuito, Serapito –que era la forma como se trataba a los “panas”- Yo no era Carlos Saúl, era “Carlitos”, porque en el barrio el cariño nunca faltaba, lo que faltaba era autoestima, deseos de superación, ambición y alto sentido de propósito pero, por encima de todo, fe en que mañana sería mejor.

Yo aprendí del lado de mi mamá que el foco nunca se debe perder, pero también que la vida se hizo para vivirla. Adaptarse era una premisa, comer lo que hay y arroparse hasta donde alcanzara la cobija. Era una enseñanza básica, pero no por ello deja de ser profunda. En las cosas pequeñas están las grandes cosas: lo sencillo o simple tiene poder transformador, cuando quien lo recibe lo hace con humildad y deseo de aprender y avanzar hacia una meta clara. Yo tenía un propósito: la prosperidad, pero ello no debía atentar contra la felicidad de cada día. Es necesario experimentar y vivir con humildad y apertura todo lo que nos va aconteciendo, nos corresponde después dejar lo bueno y eliminar lo malo. Y lo bueno o lo malo lo decide cada uno.

La actitud que ayuda a obtener éxito, consiste en pensar que por más que conozcamos de todo, siempre habrá un mundo por explorar, una experiencia por vivir o un camino por andar. Entonces el propósito superior del ser humano no es conocer todo, pero sí, que todo lo que se conozca tenga sentido, sea apreciado y valorado.

La genuina libertad

El presente hay que vivirlo con intensidad, sin prejuicios ni juicios valorativos, que nos conduzcan a ver la vida en términos de malo o bueno, sino con el disfrute de hacerse siempre presente y libre de sentir. Mañana el pasado no será más que el recuerdo que viviste con la intensidad del color del arco iris emocional que será arcoíris para el que se dio la libertad de vivir pero gris para aquel que no se dio el permiso, para quien se fijó fronteras y se limitó el derecho a disfrutar, gris para quien por ser temeroso, fronterizo, prejuicioso, renunció al genuino derecho de vivir la vida que le pertenece.

Mañana recordarás el ayer, que no es más que la memoria de lo vivido, con la nitidez que proviene de la intensidad de cada experiencia y del color con el que hayamos pintado en el pasado. Será un arco iris si fuiste libre de vivir y será gris si renunciaste al derecho de pintar la vida del color de tu alma.

Libro: “No es Cuestión de Leche, es Cuestión de Actitud”

Autor: Carlos Saúl Rodriguez

 

 

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